Jan 03 2010
Cuánto crápula y yo qué viejo.
Recojo el menú en bolsas de papel que me pone la chica, argentina o uruguaya, así a primera vista aún no los logro diferenciar, encima del mostrador. Me ha pedido que espere un par de minutos más, que ya serán cinco, para que me terminen de completar el pedido en este restaurante de comida rápida. Intenta esbozar una sonrisa de agradecimiento por la comprensión entre alguna gota de sudor que se adivina en su frente, su maquillaje que ya necesita más de un retoque y el calor de la cocina que tiene detrás, con otro compañero del cono sur, más moreno, no negro, que se pelea entre freidoras, planchas y maquinaria.
Detrás de mí hay dos jóvenes, y no es que yo lo sea menos, pero ellos rondan los dieciocho o veinte años. Me aparto y espero que terminen mi pedido mientras me entretengo mirando los carteles, la publicidad, las mesas. Ellos piden pero es como si yo, al escuchar, me estuviera perdiendo algún trozo de la conversación. No acierto a escuchar ningún por favor, gracias, si es posible… Es como si me estuvieran censurando la conversación y anulando el poder escuchar cualquier rastro de educación en sus peticiones. Ya no es que su vocabulario parece creado a partir de gruñidos y mugidos, es que ni siquiera son capaces de hacer una petición correctamente.
Estos no son ellos, pero son iguales a los del otro día cuando compraba algunas cosas para Navidad en la tienda de los chinos de la esquina. Un grupito de ellos entra, se llenan los anoraks con algunas baratijas, uno entretiene al chino de turno y todos corren con el botín, contentos por haber engañado a un chino. ¡Qué majos ellos!
Tan valientes, tan hombretones. Esos mismos hombretones del verano pasado. Ellos, repanchingados en el banco de la placita, sabedores de su supremacía tribal en su particular reino de taifas. Con esa actitud tan desafiante contra todos aquellos que no forman parte de su grupo. Entre pequeños trapicheos, comentarios abyectos y alguna que otra risa. Entonces llegan a la plaza cuatro motoristas de la policía y un coche. Los motoristas suben a la plaza y entre bancos y arbolitos rodean su imperial trono. Lo que ahora va a pasar es fácil, uno por uno a vaciarse los bolsillos, enseñar el carnet de identidad y dar unas cuantas explicaciones.
Ahí tenemos a nuestros héroes adolescentes, cagados como cuando eran bebés, pero, ahora, sin pañales. Pálidos, con el rostro níveo, hundidas las cuencas de los ojos del pánico al tener ante ellos a la autoridad.
Alguno trata de seguir actuando en su papel de macho alfa de la manada pero el policía a cargo de la acción rápidamente, con pocas palabras y mucha claridad le explica que dos y dos son cuatro, en su idioma viene a ser algo así como que resistencia y chulería es igual a colleja y denuncia por obstrucción. Parece que entre sus gruñidos y mugidos han sido capaces de entender la ecuación.
Una madre baja a preguntar por qué la policía está con su pequeño, frágil y temeroso maldito bastardo y la autoridad, que para eso es autoridad, le explica que no debe ponerse nerviosa, que su niño se ha metido en algún lío de trapicheos y agresiones y que, si todo va bien, se lo devolverán en un ratito. Dignísima explicación, clara, concisa y respetuosa. ¡Pobrecito mi niño! ¡Con lo bueno que es! ¡Si siempre se acaba su leche con cacao en casa!
Y yo que me quedo viendo el espectáculo recuerdo cuando hice la mili. Sí, la mili, aquel tiempo en el que amputaban tu pasado, tu personalidad, tus algodones entre los que habías crecido para darte una pequeña muestra de lo que es la vida.
Aquel tiempo en el que aprendías cuatro cosas básicas acerca del respeto, la camaradería y la autoridad. Es cierto que, en muchos casos, no te valía para nada más que perder unos meses valiosísimos de tu vida mientras aprendías a jugar al mus, a salir de cañas o a esconder comida en tu taquilla para cuando el frío apretaba.
Allí todo era muy clarito, no valía patalear, lloriquear, decir que estaban cohibiendo tus libertades, correr a llamar a un psicólogo juvenil o cualquier treta para no hacer frente a tus acciones. Uno ya era mayorcito para elegir lo que hacía en cada momento y, por tanto, también era mayorcito para soportar el castigo por aquello que hubiera hecho y que hubiera contravenido el reglamento.
Cuánto echo de menos, a veces, aquellos sargentos chusqueros que nos decían: “Señores, no soy su amigo, no soy su padre, no soy su madre ni su profesor, si todos ellos no han hecho su trabajo yo no estoy para criarles”. “Me echarán de menos cuando se vayan porque a mí, al menos, me verán venir desde lejos” — Esto me retrotrae a cuando hace muy poquito le dije a mi jefe: “Me acabarás echando de menos, a mí, por lo menos me ves venir desde lejos, sin embargo, ahora estás atrapado entre tu servilismo y quienes aplauden tu gusto por tu traje nuevo de Emperador”– y tenía razón. Todos aquellos cafres, pequeños camellitos, pandilleros acomodados y demás calaña aprendieron pronto lo que significaba la palabra autoridad.
Hoy estos hombretones, tan lozanos, tan hinchados, tan febril y conmovedoramente insolentes cuando han logrado fintar la autoridad de sus padres y de sus profesores ya no tienen que vérselas con aquellos militares, en muchos casos chusqueros, que te quitaban la tontería a base de arrestos, capones y, si tenías suerte y lograbas sacarle de sus casillas, tremendo bofetón que obligaban a incisivos, caninos, premolares y molares a dispersarse a la voz de rompan filas.
Cuánto se están perdiendo y qué poca vergüenza nos queda. De qué poca educación y buenos modales hacen alarde nuestros jóvenes hoy en día. Cuánto crápula y yo… yo qué viejo.
José D.
11 Respuestas hasta el momento
Muy bueno!!! Es una pena… pero ahora ya no se enseña educación… creo que algo de urbanismo o ciudadanía está mas de moda…
Un abrazo… Alfonso
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Hola Alfonso,
Una pena, tenemos toda una generación perdida. Una generación que ni siquiera valdrá para ser la mano de obra de Europa. Una generación de la que no nos hemos hecho cargo ninguno y que España tampoco ha querido tomar en cuenta. Bueno, al menos, la buena noticia es que, si todo sigue igual, los que hemos leído un par de libros siempre seremos los tuertos en el reino de los ciegos.
Saludos /José D.
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Ufffffffffffff, me he sentido completamente reflejada. Yo tengo 2 hijos de 12 y 10 años y desde que”nacieron” soy la más pesada en recalcar el “gracias, por favor, cuando puedas……” que cuando se comen un chicle se guarda el papel para poder después envolver el usado y tirarlo a la basura, etc, etc, y lo que te puedo asegurar es que con su actitud mis hijos son los raros, cuando saludan dicen adiós o gracias les miran como si fuesen bichos raros.
Ya sabemos que cuando crecen prevalecen más las actitudes que manda la manada que lo que nosotros les podemos haber inculcado a lo largo de los años, pero espero que mi “pesadez” haya dejado una profunda huella y su comportamiento no deje que desear……
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Hola Bea,
Es, cuando menos, triste, ¿verdad? Los extraños y raros debieran ser los maleducados, no los peques que, siguiendo los consejos de sus padres, son educados. Pero la buena noticia es que, cuando crezcan y tengan que integrarse en la manada –porque integrarse se deberán integrar– las enseñanzas de los papis dejan poso. Un poso que pocos pueden decir que se lo hayan intentado dejar.
Saludos / José D.
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Muchisimas gracias por tu comentario.Me sabe a un genial reglo de Reyes.¡Ah!,debe ser el orgullo de la paternidad.
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Muy buenas noches,
No hay cosa mejor que leer con ojos de padre.
Saludos / José D.
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Entiendo perfectamente a Beatriz. Soy madre de un niño de 14 años y también le he inculcado desde siempre el pedir las cosas por favor, dar las gracias, ceder el asiento en el bus cuando hay personas mayores, tirar los papeles de las “chuches” en la papelera, saber pedir perdón y un sin fin de cosas más. Por lógica él piensa que su madre es la más pesada del mundo, pero se que se siente orgulloso cuando a esa madre pesada le dicen que qué bien educado está él.
El problema que tienen esos otros “chicos rebeldes” es que piensan que con su manera de actuar, se van a comer el mundo y no saben que un día el mundo se los comerá a ellos y, sinceramente, ojalá se los coma pronto…
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Cuanta razón, yo también tengo dos hijos (5 y 7 años) y desde muy pequeños he tratado y trato de inculcarles el respeto por las personas, los animales y las cosas o propiedades de los demás. Un saludo, un gracias, un por favor y aunque aveces soy una pesada, sé que es por su bien.
Como ejemplo os diré, que cuando vamos a casa de alguna persona, ya en el coche les voy preguntando, es casi como un juego… ¿que se hace al entrar? y ellos responden.. se da un beso y un buenos días! ..¿y al salir? …se da un beso y se dice adiós!
Lo mejor viene después, cuando les oyes comentar que les han dicho que, “que bien educados estáis”, un orgullo para ellos mismos, sin lugar a dudas ya que como dice mi madre, el mejor legado que les podemos dejar, es una buena educación.
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[...] Vamos a ver, pase que no sea una carta de tapas, pero ¿cómo que no es una carta de raciones? Cuando me la trae miro la carta y rediós que tiene raciones. Pero bueno, lo quieren llamar platos, vale, así vemos que no es tan típica y tradicional como quiere parecer en su imagen de franquicia. Además, ¿qué es eso de andar discutiendo a un cliente, pareja, de treinta y algo, bien vestidos y con correcto trato, vamos educaditos y tal no como los jóvenes de ahora? [...]
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Buenas tardes; madres de niños de edades xxxxx ???…………..leyendo este tema, me ha parecido entender el pequeño complejo que os aturde, con esto me vengo a referir, que parece ser que si un niño está mal criado, es como si obligatoriamente fuera culpa de los progenitores.
Os voy a deleitar con unas cuantas historias de padres e hijos:
Mí madre siendo una persona maravillosa, ( supongo que como la mayoría de madres ) de los poros de la piel le ha supurado la educación al igual que a mi padre.
Han tenido dos hijos, servidora y mí hermano pequeño, llevándonos solo seis años de diferéncia, tendrían ustedes que ver ¡¡¡¡ que diferéncia ……….¡¡¡¡.
Mís padres como ustedes bien dicen nos recordaban veinte mil veces: no tiréis los papeles al suelo, sentaros bien, no contestéis,etc…. al igual que yo con mí hija, no obstante un niño llega a una edad en la que su carácter empieza a asomar, pero eso si tengo que decirles………. a nosotros no se nos permitía que ese carácter asomara demasiado.
Recuerdos de colegio:
. No se nos permitía levantarnos del pupitre cuándo quisiéramos.
HOY EN DÍA : ( eyh¡ colega que voy al tigre)
. No se nos permitía entrar en discusión con el profesor, ( lo que decía iba a misa ), y no le contaras a tú padre cuándo llegaras a casa lo que había sucedido.
HOY EN DÍA : ( como te flipes, te doy un mascón que te parto la cara )
. Entrabas al despacho del Sr. Director de la escuela habiendo llamado a la puerta y no se te ocurría coger asiento hasta que el te lo ordenase.
HOY EN DÍA : ( Que pasa tio, me han dicho que me has dado un toque )
. Manifestábamos aunque fuese el mínimo interés en la asignatura que estabas estudiando
HOY EN DÍA: ( que pasa tronc….yo hago campana tio, me piro a fumar unos petas ).
RECUERDOS EN EL HOGAR FAMILIAR:
. No le dijeras a tú padre que aquello que te había puesto para cenar y que tanto sudor le había costado para que sus hijos se llevaran bocado alguno a la boca no te gustaba, por que te ibas a la cama sin cenar y mañana para desayunar, comer y cenar tenías lo mismo ,hasta que te lo comieras.
HOY EN DÍA: ( vaya mierd…. no hay otra cosa pá comé )
. No se te ocurriera contestar a tú madre.
HOY EN DÍA : mira¡¡¡¡¡¡ vieja, que no me comas la olla ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
. No se te ocurriera levantarte de la mesa, sin haber acabado de comer.
HOY EN DÍA: me las piro tío¡¡¡¡¡¡¡¡ que me rallas……¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡.
El resultado de la cuestión: ” Para haber respeto, tiene que existir un poco de miedo “, no con esto quiero decirles que nuestros hijos tengan que estar acojonad…………., pero POR DIOS, en que estamos convirtiendo a las nuevas generaciones.
Todos estos dialectos de estas personitas tan agradables han sido escuchados por mí ,servidora
en un colegio dónde yo trabajaba, colegio situado en una de las zonas residenciales más
” chics ” de ” España “, tengo que comentarles que estos personajillos, eran hijos de padres estupendos, educados, amables, etc…… al fin, buenas personas, de las que ya casi no quedan.
Ni nosotros los padres ni los profesores estamos para muchas ostias ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡, que desmotivados están los profesores, no me extraña ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Que poco tiempo tenemos los padres para nuestros hijos……… no me extraña ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
En resumidas cuentas, para no hacerles sentir mal ni sentirme yo misma………..
Cuando tuvimos a nuestros hijos, nos los dieron con las pilas puestas, no nos dijeron como se apagaban, y en recepción del hospital se les olvido de darnos es libro de instrucciones…………..
Muchos saludos y a esperar que nos depara el futuro inmediato.
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Hola Yratxe,
Jaja, lo que me he reído…!!!
Pero he de decirte que ni la transcripción de lo escrito es correcta porque los chavales ya no usan apenas las vocales… casi ni para hablar!! Jaja.
Cuánta razón hay en tus palabras, pero ojo… tampoco es cuestión de miedo sino de “liderazgo”.
Un abrazo
Saludos / José D.
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