Jul 02 2010
Del glamour al mercado del barrio.
Son pocos los días que me restan para partir hacia una nueva vida en tierras lejanas donde encontraré tantas cosas que son diferentes, ni mejores ni peores… simplemente diferentes.
Por eso toca una gira de despedidas, la familia es la familia como dijera El Padrino.
Mi primera parada es la incombustible Madrid, insufrible a la par que insustituible. Mi Gran Vía centenaria ya. Esa Gran Vía que con la edad está, como los buenos vinos, cada día mejor.
Cae la noche en Magerit, los edificios se engalanan con sus mejores iluminaciones, siempre tan dispuestos a ser protagonistas de una foto, de se recuerdo en la retina del turista, de viejos suspiros anhelantes del madrileño de siempre. Una luz aquí, una terraza allá, una cañita de camino, sombra aquí y sombra allá, maquíllate, maquillate.
Hoy hemos decidido despedirnos de “Madrid la nuit” con toda propiedad. Un mojito en la terraza el Urban hotel. Hay otra vida más barata… pero es peor (mi mamá dixit). La terraza, en el ático del hotel Urban es una delicia. El mojito es, simplemente, pasable. Habiendo bebido mojito en el hotel Ambos Mundos de La Habana uno comprende dos cosas:
- Los mojitos, para saber hacerlos y ofrecerlos como jugo de Dioses, se hacen con cariño, con mimo, con la ilusión de que un día Hemingway regrese para invitar a otra ronda. Escapa de las cocteleras como de la peste.
- Hacerse una foto en La Bodeguita Del Medio es, por qué no decirlo, de catetos. Pagar un mojito allí es regalar el dinero.
Volvamos a la terraza el Urban. La iluminación está muy lograda, el acceso a la terraza desde el lobby del hotel es espectacular con el ascensor panorámico, una experiencia muy agradable. Los sillones, sofás de diseño, tumbonas y banquetas de “El cielo del Urban” invitan a tomarte algo distendidamente mientras uno divaga sobre lo humano y lo divino.
Desde esa terraza si oteamos el horizonte lo que nos llama la atención es la terraza de destellos morados y blancos de la terraza del ME by Meliá (Plaza Santa Ana, para los madrileños “Santana”). Que no se hable más, allá que vamos. Paseo por la zona, cruzamos Santa Ana, los ticketeros nos ofrecen todo lo que pueden a nuestro paso, eh colega, entrada gratis, dos copas por doce Euros, un chupito gratis… No, gracias, hoy venimos para probar la crême, no nos conformamos con menos.
Un momento de espera en la puerta del ME, no porque los porteros estén en plan atasco de autovía sino porque el ascensor que lleva a la terraza tiene su capacidad limitada y va a su ritmo.
Nada, nada, es un momento… subimos y la terraza nos abraza con su “intimidad” con un gran elenco de animales nocturnos en sus mejores galas mientras el alcohol les empapa cual chaparrón de verano. Mujeres níveas de labios rojos pecado bostezan mientras el minero de turno no sabe ya cómo barrenar la roca. Hoy no verá la luz al final del túnel. Mr. “S” nos lo comentaba el otro día… él ya lo había escuchado “la luz al final del túnel está temporalmente fuera de servicio en pro del ahorro energético”
Y lo peor era eso, nuestro minero de hoy no aprendió el oficio, aún creo recordar que había salido rebotado del mundo del toreo. Hábil con el capote, fino con la muleta… nunca logró acertar con el estoque y más que descabellar escabechaba.
Al tercer aviso de clarines y timbales la nívea bostezadora buscó el abrigo de las tablas mientras a nuestro torero-minero se lo llevaban a la enfermería herido en el orgullo y bajo el aluvión de pitos y abucheos por parte de nuestro tendido.
Y la noche quería correr libre por la dehesa pero uno ya escribe mejor que copea y filosofa mejor que trasnocha, además, qué leñe, las porritas con café me esperaban por la mañana.
Ya no me acordaba de cómo era ese ritual de vaciarte los bolsillos al llegar a casa y encontrar un montón de tarjetas de locales y vales de descuento para seguir pecando.
Y la mañana llega, porque “el Sol sale para todos”. Siempre he creído que si uno al pronunciar la palabra Madrid no es capaz de acabarla en zeta y en esa zeta encontrar el sabor del café con porras, realmente, no hablamos del mismo Madrid.
Paseo por el “barrio de las letras” bajo la atenta mirada de Lope de Vega que por el rabillo del ojo también vigila a Quevedo mientras Cervantes aún no ha desayunado y Pérez-Reverte les mienta en alguno de sus manuscritos.
Entonces, para tomarle el pulso al barrio, bajamos un poco más y nos zambullimos en el Mercado de Antón-Martín. Allí donde el cine Doré hace sombra contra la acera y la calle Atocha se dirige como montaña rusa hacia la estación.
Aún me maravillo de ver las pescaderías fuera del mercado, a pie de calle, con un pescado que parece aún boquear. ¿Pero en qué calle tienen los madrileños el puerto?
- Pescadilla buena señora, tiene de todo, elija, todo fresco. (Mientras lo dice coge una pescadilla y nos muestra sus agallas, roja, tan roja, rojísima)
- Ponga un par de ellas, que pase del kilo.
- Muy bien… ¿cómo las quiere, rodajitas?
- Hágamelas en filetes y váyase cobrando que ahora venimos.
- Madre, yo me quedo.
- ¿Y eso?
- Porque estoy harto de ver pescado embandejado y ya ni me acuerdo cómo lo limpian ni si aún está de moda tener un dedo menos o parte del mismo.
- Chaval, tú sí que sabes.
- Es verdad, es que se están perdiendo todos los oficios.
- Nada, cuando quieras te vienes y aprendes.
- No me importaría (y es verdad, si tuviera un trabajo de nuevas tecnologías con tiempo libre me encantaría aprender esos oficios, pescadero, carnicero, limpiabotas… y mi preferido, barbero)
Nuestro pescadero de esta historia nos enseña las marcas en su cara de haber trabajado en la mina, allá por León. Un hombre hecho a si mismo.
Ya tenemos nuestro pescado y, en el mercado, seguimos con la carne. Menudo expositor, hay de todo, con sus etiquetas bien claritas, no como en los grandes almacenes que uno no sabe si lo que pone pertenece a la pieza o está ahí por equivocación.
Mientras nos cortan unas chuletillas de cordero que dan ganas de llorar de lo buenas que son me sorprende que el cartel de unas hamburguesas de toda la vida el cartel reza “Meat Burguer” ¡Pero bueno! ¡Que estamos hablando de hamburguesas de toda la vida! Si lo vamos a cambiar, al menos, pongamos “filete ruso”, ¿no?
En el mismo cartel aparecían los ingredientes de la “meat burger” y yo, porque no puedo quedarme ni una duda sin preguntar, le pregunto al carnicero el porqué de tanto cartel.
- Mira, es que nos obligan a poner el cartel con el nombre y los ingredientes. Las hamburguesas saben bien y se venden muy bien también.
Y era verdad… al lado había un cartel que rezaba: “Salchicha blanca madrileña” (vamos, que no sólo hay que saber lo que es sino de dónde es)
De ahí a la charcutería y otro cartel de estos graciosos: “Con ¼ de jamón le regalamos ¼ de” jajaja… ¿de qué?
Y otra vez a preguntar:
- Oiga, buenos días. Este cartel… ¿qué regalan? Es que no lo pone.
- Pues es que cada día regalo algo diferente y si tengo que hacer cada día un cartel diferente no paro así que tengo este cartel que es el mismo para todos los días y voy regalando lo que me viene en gana.
- Pero ¿lo que le viene en gana?
- Bueno, más o menos. Los representantes suelen regalarnos algunas cosillas en la charcutería. Una vez nos regalan una mortadela y ese día se regala mortadela, otros días nos regalan un pavo ahumado o unos chorizos y eso es lo que se va regalando.
Menuda visita al mercado, y me la quería perder… ¡no tiene precio oiga, estamos que lo regalamos, que nos lo quitan de las manos!
Habiendo terminado la compra nos vamos al único lugar en el que puedes pulsar el ambiente de una zona y conocer a los parroquianos, el bar del mercado.
Este bar tiene una peculariedad, mientras tomábamos una cañita no paraba de parecer como si una tormenta de verano estuviera rompiendo el cielo sobre nuestras cabezas, pero estábamos a cubierto. Lo que sonaba es que en el piso superior hay una academia de flamenco y los taconeos iban marcando el ritmo del techo del bar.
Lo dicho… esta visita al mercado no tiene desperdicio.
Esto me hace pensar que estamos perdiendo muchas cosas. Tanto supermercado, tanto producto embandejado (¡con lo poco ecológico que es!) Ya apenas vemos a los pescaderos limpiar un pescado correctamente, los charcuteros no son tan vivarachos y lenguaraces como antaño, en vez de hamburguesas o filetes rusos ahora en las carnicerías venden “burguer meat” y así nos luce el pelo.
No desaprovechéis nunca la oportunidad de ir a un mercado y conocer a las gentes del lugar, no dejéis de lado la oportunidad de sumergirse en la vida del barrio, en las anécdotas de las tiendas del lugar y dejaros acariciar por las bromas y, a veces, los piropos bienintencionados de los tenderos de siempre.
Saludos / José D.
3 Respuestas hasta el momento

La visita a los mercados debería ser visita obligada para todos los turistas que quieran conocer la realidad de una ciudad! O no… mejor no… que los turistas se vayan a la “ruta turística” que nosotros ya disfrutarremos de los mercados.
De lo otro, yo es que soy mas de cerveza o vino.
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Toda la razón Chis!
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Eso de los buenos sitios para visitar es como decir que en el norte esta todo el dia lloviendo, a los que nos gusta esa zona de nuestra geografia lo apoyamos, asi no va tanta gente.
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