Jul 05 2010
Devuélveme mi muela.
A veces pasa que una conversación que, a priori, tiene todos los visos de no ser más que otra conversación igual a muchas otras, de esas que uno se queda exactamente igual después, de repente, toma unos derroteros que harán que te acuerdes siempre de ella.
Esto mismo me ha pasado no hace mucho. Después de una comida en muy buena compañía y mientras debatíamos acerca de todo un poco resulta que el tema fue derivando hacia el extensivo uso de Internet y las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana.
Yo soy hijo de la última generación no digital pero, en cambio, me he adaptado perfectamente al igual de todos los que me rodean a esta nueva era digital que desarrollamos en Internet.
Mi compañero de discusión, que no oponente, sugería que en esto de Internet uno iba dejando rastros de todas las transacciones, consultas y movimientos que uno hace en el ciberespacio. Esto, según pude entender yo, le generaba un poco de “ansiedad digital” al verse un poco desbordado por la cantidad de información que dejamos sin darnos cuenta en Internet. Esta información puede ser muy valiosa para determinadas empresas.
Me comentaba que, en su caso, no quería dejar tantos rastros y por eso intentaba usar Internet lo menos posible. Para mí el uso de Internet es tan normal y habitual como el que abre las cortinas del salón para ver el sol por la mañana.
Soy consciente de que voy dejando rastros, pero en la vida física, que no real porque ambas lo son, también voy dejando rastros que si una empresa se dedica a observarlos pueden conocer mucha información acerca de mis gustos, preferencias y costumbres.
A mi interlocutor le molestaba mucho, o así lo parecía, que le llegaran a su email ofertas de productos en los que no había mostrado el más mínimo interés. Su argumento venía siendo que si no se había interesado por un determinado producto no había ninguna empresa autorizada moralmente para ofrecerle nada.
Que no llegue la sangre al río… ¿o acaso cada vez que un repartidor de propaganda le empapela el buzón postal con ofertas de restaurantes de comida rápida, cerrajeros, préstamos rápidos y demás zarandajas la toma con el repartidor? No, no es así.
Todos sabemos que el uso de Internet tiene unos riesgos en cuanto a información se refiere. Ya no hablemos de lo que es seguridad en la red pero yo también, en mis blogs, utilizo información vuestra que me dejáis con mayor o menor grado de consciencia de estar haciéndolo.
En mis blogs puedo ver cuántas visitas tengo, de dónde son, en qué franja horaria se han producido, qué posts son los que más leéis, qué palabras habéis introducido en un buscador para acabar con vuestros huesos en mis dominios, cuánto tiempo estáis en mis páginas y algunos otros datos. No, no conozco vuestras cuentas bancarias ni, de momento, me voy a hacer rico con ello. Simplemente intento, con esta información, generar unos contenidos que tengan más que ver con lo que vosotros demandáis y así me gusta que se haga con los datos que yo me voy dejando por el ciberespacio. Me gustaría que esos datos se convirtieran en ofertas de productos o servicios que tengan algo que ver con mis gustos porque hasta la coronilla estoy ya de que me lleguen emails invitándome a superar mis problemas de erección o bien destacando los parabienes de un agigantamiento de determinada parcela de mi anatomía… ¡pero bueno! ¿quién se chivó de mis problemas? Jeje…
Y poco a poco vamos llegando al tema de la muela. Mi compañero de oratoria me contaba que no hace mucho había ido al dentista. En esa visita le iban a extraer una pieza y a ello se pusieron. Después de los alaridos y muestras de debilidad humana y poca tolerancia al dolor (que no pasó así pero ya que le guardo el anonimato me permito estas licencias y que no se me queje) la pieza salió cual corcho de cava de Blanes pero sin rebotar en el techo con el lanzamiento.
Cuando estaban terminando de bailar este vals a son de una orquesta de tornos, alicates y espejuelos la profesional en cuestión le suelta:
¿Sabes? Tengo una colección que estoy haciendo con las piezas que voy extrayendo de mis pacientes si ellos me las dan. ¿Te importaría donarme esta pieza que ya no te sirve para nada?
Claro, bajo los efectos de la anestesia local se aceptó el trato. Se aceptó ese trato pero hoy al hablar de todo esto de los rastros de Internet su cerebro comenzó a sospechar que esa pieza, en realidad, era una muestra biológica con una cantidad ingente de información genética y que la profesional podría ser que estuviera compinchada con un laboratorio multinacional que sería el encargado de sacar toda la información posible de la pieza para luego tratarla a su antojo.
Al que casi se le salen las piezas dentales era a mi de las carcajadas que no podía reprimir mientras escuchaba cómo se preguntaba a si mismo:
¿Por qué le tuve que dar esa pieza? ¿Qué será lo que habrá hecho con ella? ¿Por qué no llamo a la clínica y se la reclamo?
Vamos, ya me imaginaba al susodicho persiguiendo por los pasillos a la odontóloga al grito de:
“¡Devuélveme mi muela!”
Jaja…claro, igual con el ADN de la muela logran entender tus comportamientos y, así, te podrán ofrecer los mejores servicios que tú no has reclamado ni sobre los que te has interesado y todo esto… ¡por email!
MORALEJA (AL MENOS, MI MORALEJA)
A veces las cosas… son mucho más normales.
Saludos / José D.
Una respuesta, ¡léela!

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