Apr 23 2010

Gracias (o los ladrillos de mi vida)

Publicado por: at 07:04 Categoría General

Es curioso, en lo que en mi interior es un suspiro, me he convertido en una persona adulta. ¡Horror! Soy uno de esos señores con bigote y barba, de esos que se colaban entre mis ensoñaciones de párvulo infante en noches en las que se cena mucho y se duerme mal.

Vívido en mi pensar está mi tercer cumpleaños, sin duda alguna, mi tercer cumpleaños. Aunque no sé si este recuerdo lo tengo hospedado en blanco y negro o el señor Technicolor había llamado ya a las puertas de mis memorias.

Había una tarta, con unas perlitas plateadas de azúcar, perlitas con las que jugué a las canicas al no poderme creer que hubiera ese tipo de decoración repostera. Cosas de niños.

Ese cumpleaños estaba presidido por una mesa de capitulación. Sí, tan pequeño y ya teniendo que capitular. El trato era cumplir tres años y deshacerme del chupete con el que había compartido todas esas llantinas de niño tontorrón, llorica y demasiado sensiblero a la sazón.

-          Ha sido un gran camino recorrido juntos pero hoy nos tenemos que despedir.

-          ¿Sí? ¿Acaba así nuestra amistad?

-          Sí, lo he prometido y no puedo fallar a mi palabra.

-          ¿Ese cubo de basura es donde me vas a tirar?

-          Entiéndelo, habrá un día en el futuro en el que te podría entregar a otro lugar donde hicieran de ti otro objeto de goma, o donde contigo formaran parte de las ruedas de un coche con los que juego y siempre anhelo ganar la carrera, y ser laureado y seguir corriendo, corriendo, corriendo…

-          Bueno, no sé lo que me espera pero ya no sufriré los mordiscos que me dabas cuando te enfadabas porque te salían los dientes y te dolían.

-          Chupete, amigo mío, cuídate allí donde vayas, quizás cuando esté en la treintena pueda llegar a escribir recordándote.

Y allí le abandoné, mientras recogía los pedazos de nuestra amistad escuchaba los ánimos de mis padres, orgullosos doblemente. Había vencido la costumbre del chupete y comenzaba a saber qué significa tener palabra.

En el sofá estaba Jeremías David. No lo había visto nunca, de hecho no recordaba que pasase por mi casa a merendar ninguna de esas tardes cuando mi madre nos regalaba el paladar con esas riquísimas torrijas de Semana Santa.

Nos hicimos muy amigos, Jeremías David fue el regalo de mi tercer cumpleaños. Mi perro de peluche, mi cocker de ojos tristes y suave tacto al que abrazarse mientras Morfeo le mece a uno con su suave batir de alas.

En un pestañear pasé de abandonar mi chupete que se iría en el próximo camión de basura camino de su última morada a abrazar ese peluche. Sus ojos brillaban con un toque tan especial que un abrazo era lo menos a lo que uno podía abandonarse al tenerlo.

Esa noche dormí con Jeremías David, apaciblemente, tranquilo, echando de menos mi chupete pero contento por estar con mi perro de peluche.

Y hoy he despertado, no se cómo ha sido pero ha ocurrido. Algo me despertó, un ruido supongo. Pero me siento raro… soy adulto. Todo ha cambiado y al mirarme al espejo he visto lo que hoy soy, un adulto. ¿Pero no eran esos los que salían en esa tele en blanco y negro del salón? Sí, esos que decían cosas que no entendía y que hablaban con otros mayores.

Aquí estoy, un montón de años después y tantas ocasiones me he preguntado ¿cómo he llegado a donde estoy?

Me gusta pensar que mi vida, tal y como hoy la concibo está construida como una casa. No sé lo grande que acabará siendo, cuántas habitaciones tendrá al final o si, en algún momento, el tejado dejará de tener goteras y las puertas dejarán de chirriar en las noches de invierno.

Una casa hecha a base de ladrillos, ladrillos que son experiencias, enseñanzas, ilusiones, desafíos y decepciones. No todos los ladrillos son buenos pero, a veces, los que parecen menos buenos son mucho más fuertes y allí donde había un mal trago, un mal momento, un inconveniente puedes levantar un muro de carga que sostendrá todo lo demás con fuerza, sólidamente, sin grietas.

Mientras que voy construyendo la casa me gusta coger cada uno de los ladrillos y darle las gracias. ¿Gracias? Sí, todos y cada uno de esos ladrillos hacen que hoy sea como soy y que en el futuro pueda ser como vaya a ser.

Gracias a los que han hecho posible los pilares de la casa. Que sean sólidos, que aguanten todo lo demás. Algunos de esos ladrillos se han forjado con un azote y un berreo por algo mal hecho. Otros están hechos de esas pinceladas de honestidad y humanidad con las que Don Pepe siempre me acariciaba mientras paseábamos camino del partido de fútbol. Quizás fuera mientras me contaba la heroica batalla que en tierras africanas hizo que una lanza le alcanzara la frente dejándole esa cicatriz tan peculiar. En verdad fue al caerse y golpearse con algo pero para mí siempre será debida a su heroicidad expedicionaria por desiertos y medinas.

En otro ladrillo resuena la voz de Don Virgilio, tan grande en su dialéctica. Tan parecido a Don Gerardo Iglesias de cara que en vez de en el ciclo superior de EGB del colegio podría imaginarse que estuviéramos en una de sus arengas al frente del PCE. Don Virgilio nos enseñó algunos de los secretos de la oratoria, de la literatura, de escribir coherentemente. Tan vehemente en sus discursos, tan volcado en que esos niños que éramos pudieran, al menos, expresarse con sentido, tan atacado por el Alzheimer hoy…

Gracias a esos ladrillos, ladrillos agridulces, ladrillos maternos, esos que en un extremo tienen un caramelo y en la otra un tirón de oreja. Ese que te enseña a tener raza, a ser gallardo, a no permitir jamás que nadie pise tu integridad. Ese ladrillo que al colocarlo te obliga a doblar el espinazo con resignación pero se convierte en base de todo lo que construyas encima. Gracias.

Y así uno va construyendo su casa, esa que te guarece del frío invierno dándote calor donde refugiarte, esa que en los ardientes días de verano te cobija en su fresca penumbra.

Gracias, gracias y  mil veces gracias. Gracias porque incluso aquellos ladrillos que no estaban cuando la casa se comenzó y perdió su oportunidad de estar en los pilares han podido formar parte de los remates, que también tiene su importancia.

Por eso, hoy siendo adulto, habiéndome despertado súbitamente adulto recuerdo mis sueños que he tenido mientras tanto.

-          Le falta un botón de su bolsillo derecho trasero soldado.

-          Mi sargento, no  me he dado cuenta.

-          Si mañana no está remendado te quedas aquí sin ver a la novia el fin de semana.

-          Jolín mi sargento, mire que es usted mordedor.

-          Me echarás de menos soldado, al menos a mí me ves venir de cara.

Y vaya si le eché de menos y no era más que un sargento alumno, pero habló con sabiduría.

Aquí estoy, a punto de dar un salto mortal con tirabuzón en el que no se si hay red o no. Un salto de la mano de la persona que más quiero y que me enseña cada día cómo hay que querer ordenadamente, que los dramones de película de después de comer sólo valen para eso, para películas de serie B. Que no hace falta tener bajo la falda una calculadora como dijera Sabina pero tampoco hace falta ir siempre con el corazón en la mano para que se caiga y se ensucie.

Y si salgo bien parado de ese salto me espera otro número estelar. El hombre bala. Ese hombre que se desliza dentro de un cañón de monumentales proporciones para ser lanzado surcando los aires a la lejanía deseando que el aterrizaje no sea desastroso.

Seguro que cuando esté por los aires camino de otros atardeceres seguiré musitando mi canción: “Gracias, gracias y mil veces gracias”

Porque sin todos vosotros yo no soy yo. Porque todos aportáis un granito de arena en ese cemento que une mis ladrillos.

Si el día es claro y la brisa suave no lo dudéis, venid a mi casa, esta casa de la que os hablo y que soy yo mismo. Hay hidromiel macerando y viandas de las que daremos buena cuenta. Firmad en las paredes y dejad vuestra impronta, será bienvenida.

Saludos / José D.

8 Respuestas hasta el momento

8 Respuestas hasta el momento to “Gracias (o los ladrillos de mi vida)”

  1. tacon alto says:

    precioso….simplemente genial!!!

  2. José D. says:

    Muchas gracias Tacón Alto,

    No sé si genial o no, supongo que no, pero toda una liberación.

    Saludos / José D.

  3. Monique says:

    Hola Jose

    No hay nada como construir una “casa” poco a poco, sin que ello suponga un esfuerzo colosal y que al mirar hacia atrás, las manecillas del reloj se vuelvan locas de todo lo que retroceden en el tiempo.

    Son tan importantes esos primeros cimientos, basados en el apoyo de quienes tanto lucharon por hacer que las paredes crecieran sin apenas grietas, y seguro te ayudaron cuando hubo algún muro que derribar para empezar de nuevo.

    Imaginate ese salto mortal con tirabuzón, aterrizando sobre el mullido césped, o mejor aún, directamente en la piscina. Ten cuidado, seguro que engancha..

    El caso es que construir hacia arriba tiene sus ventajas. El único límite es el cielo.

    Seguro que muchos ladrillos nuevos te aguardan en las aventuras que aún te quedan por vivir, hombre bala incluido. Y como tu de aterrizajes ya vas bien entrenado no puede ser desastroso en absoluto.

    Yo con tu permiso me permito compartir el ladrillo de D. Virgilio, que también forma parte de los pilares de mi “casa”. Un ladrillo al que miro cada mañana y sin el cual sería una persona bastante distinta. Qué pena lo del Alzheimer.

    Maravilloso, tierno y lleno de emotividad. Seguro que tus paredes lo agradecen, aunque la despensa se resienta…

    Saludos

  4. José D. says:

    Hola Monique,

    Es verdad, ambos compartimos el entusiasmo y las enseñanzas de Don Virgilio. ¡Qué grande! Era muy difícil no acabar escribiendo medianamente bien con sus recomendaciones…

    Cuídate!

    Saludos / José D.

  5. j f ortiz says:

    Doy fe. El comienzo de la casa a mi me suena que fue el acto del chupete. Como dicen en nuestro pueblo : “Con un par”. Besos

  6. José D. says:

    Sí, por ahí debió ir el comienzo… :)

  7. Carmen Griseth says:

    El agradecimiento es la madre de las virtudes. Todos esos ladrillos buenos o malos son indispensables en la construcción de esa casa que vamos creando a lo largo del camino de nuestra existencia. Por eso nunca hay que arrepentirse de ningún momento en la vida puesto que los buenos nos dan felicidad y los malos nos dejan siempre aprendizaje y experiencia. La felicidad te mantiene dulce; los intentos te mantienen fuerte; las penas mantienen tu sensibilidad humana; las caidas te mantienen humilde y el éxito te mantiene brillante. Sin embargo sólo tu fuerza de voluntad, confianza y seguridad en ti mismo es lo que te mantendrá caminando y seguir construyendo esa casa.

    Saludos cordiales

  8. José D. says:

    Hola Carmen… yo mismo no lo hubiera descrito mejor!

    Saludos / José D.

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