Jan 22 2010
Menos mal que aún quedan barberos.
¡Qué bien! Es más o menos pronto y no hay nadie dentro.
- Buenos días.
- Hola, buenos días, ¿qué quería?
- Pues si no tienen a nadie quería cortarme el pelo y que me afeite.
- Desde luego, un momento, vaya tomando asiento.
Hay está el señor barbero, con su bata de barbero – jolín cómo me recuerda a los dentistas antiguos — sí, el barbero de la típica barbería de toda la vida. De esas que tienen en la puerta su “molinillo” de colores blanco, azul y rojo dando vueltas en un sinfín.
La sala huele a una mezcla rara entre polvos de talco, algo de alcohol y ese inconfundible aroma a Varón Dandy en su botellón de un litro. Es un olor un poco rancio pero huele a cosas bien hechas. En su momento escribí un post que podéis leer aquí que hablaba precisamente de la posibilidad de que hubiera un “turismo de barbería”, que bien vale la pena.
La silla parece sacada de un anticuario, de hierro, con unos reposapiés que dan ganas de enmarcarlos y exhibirlos en algún rincón de una casa de estas tan “chic” que mezclan la modernidad de lo minimalista con estos detalles “vintage”.
Creo que una de las cosas que más me gusta hacer es, de vez en cuando, ir a una barbería y darme ese pequeño lujo. Que me corten el pelo y me afeiten como es debido. No, para nada las nuevas peluquerías no son buenas pero a veces no se acuerdan de lo que son, peluquerías. Hartito estoy de tener que aprobar una oposición para que la chiquita, recién salida de una academia en la que sus padres la hayan metido para quitársela de encima y que, al menos, haga algo de provecho, me atienda. Todo para luego sentirme ultrajado cuando veo que el resultado es un corte de lo más normalito y una factura equivalente a un par de pelotazos en el sitio más de moda del lugar.
Claro, hay que dar una oportunidad a la gente nueva a desarrollarse profesionalmente pero ¿qué es lo que pasa en las peluquerías modernas?
Pues pasa que el patrón quiere pagarle dos duros por sus jornadas maratonianas cabeza tras cabeza. Que cuenta más que la niña o el niño haya sacado su imagen de un catálogo de alguna tienda de moda molona. Que cuantas más personas atiendan más posibilidades de propina tienen, porque el sueldo sigue ahí, por los suelos. Además, antes, un peluquero entraba barriendo pelos del suelo, mirando, fijándose en cómo lo hacían los que sabían. Como la mayoría de los oficios. Los mejores cocineros han aprendido siendo pinches, los mejores periodistas han aprendido pateando calle al lado de instituciones con plumas afiladas. Pero ahora no es así. Los dueños de las peluquerías necesitan personal, pero personal barato y claro, pasa lo que pasa. Pasa que uno va a cortarse el pelo y le tratan como a ganado, no se respetan las técnicas de los buenos peluqueros y para colmo no se puede ni tener una conversación decente. Al peluquero de turno le pagan por pelar a ritmo de batucada no por leerse algún libro o periódico y estar medianamente dispuesto a mantener una charla sin demostrar obscenamente que es un zote.
Tal que así me pasó a mí, mientras me secaban el pelo en una peluquería de postín, en la que daban unos masajes en el cuero cabelludo que hacía que se te fueran todos los males, noto que tengo una sensación muy refrescante y agradable.
- Qué sensación tan buena deja ese champú.
- Ah, sí, es que es de menta-mentol y refresca mucho. Ya sabes lo mucho que refrescan los cítricos
¡Los cítricos! Casi me caigo de la silla del ataque de risa que me dio. Y como uno es muy vacilón para sus cosas no podía dejar de reírme. Todo sea que ahora al leerlo algún botánico me haga arrepentirme del buen rato que pasé y me diga que la menta es a la naranja lo que mi barba a mi cara.
Pero hoy no, hoy el señor barbero me está enjabonando el gaznate y, jolín, eso es cuidar al cliente. El agua en su punto justo de calor.
- Es raro que un chico joven venga a una barbería — ¡qué majo es el señor, a mis treinta y pico y tratándome de chavalín!–.
- Bueno, es que tengo una reunión realmente importante y no quiero jugármela en una peluquería “posh”.
El paisano me comprende perfectamente, en una peluquería de las modernas no afeitan. Es más, por no hacer, ni siquiera rematan el corte con navaja. Una vez pregunté a un peluquero modernón por qué no me terminaba el corte con navaja y me dijo que no le gustaba usar la navaja. Bueno, yo lo traduje como que no tenía ni pajolera idea de usar tal garante de buen corte, magnífico y recio instrumento.
Y el afeitado comienza, ris, ras, espuma por aquí, pelitos por allá, ¡una delicia! El señor me cuenta que el mal de las peluquerías modernas es que son de señora y luego van cogiendo niños y, más tarde, caballeros.
Después del afeitado seguimos con el corte de pelo. Bueno, de un barbero no se puede esperar más que un corte clásico, pero todo tiene su encanto. Nuca perfectamente recortada, eso asegura que no habrá ningún pelito subiéndose por el cuello de la camisa.
Entretanto vamos hablando, que si las modernidades, que si el trabajo, que si la crisis… Menudo filón de conversaciones que tiene el paisano. Esto me recuerda muy mucho a una barbería en plena Gran Vía donde a mi padre le cortan el pelo, bueno, cada vez tienen menos trabajo con el pelo, y le pelan la barba desde hace un montón de años. El tío Valentín y su compadre, ya el tío Valentín murió pero el compadre sigue allí al pie del cañón en los sótanos de un buen hotel. Por allí ha desfilado lo más granado de la sociedad madrileña, todo un recetario de anécdotas y conversaciones hiladas con los acontecimientos cotidianos.
En esa barbería siendo yo un chaval casi de pantalón corto me llevé un disgusto que para sí lo quisiera la Esteban hablando de su Andreíta.
Por aquello de la modernidad lucía yo una coleta todo orgulloso, decía mi padre que parecía un poeta en paro cierta vez que vino a Granada a recogernos de unas vacaciones y regresamos a Madrid en un Aviaco que tendría tantos años como cada una de sus azafatas en cada pata.
El tío Valentín, más guasón que la música de los caballitos, con un ligero tirón me hizo creer que me había sesgado la coleta y, con ella, toda mi modernidad y diferenciación. Los lagrimones que me caían eran dignosde la mejor de las riadas de temporada. Buen rato se pasaron a mi costa…
En fín, mi afeitado y pelado acaban y le pido la dolorosa y dos guardias. Bueno, no es barato, pero ¡córcholis! a veces vale tanto la pena pagar un poco más por tener un servicio a tu medida.
Uno sale a la calle y se cree un verdadero señor. Vas por la calle seguro de ti mismo, con la sonrisa ganadora de quien se sabe perfectamente “maqueado” para cualquier reunión, visita o cena con velas, que nunca se sabe, que uno pueda asistir.
Menos mal que aún quedan barberos.
Saludos / José D.
3 Respuestas hasta el momento
Ja,ja,ja,ja.Si pero al final te cortaste la coleta a cambio de que yo dejase de fumar.Cosa que duro nueve meses.Un embarazo.
Puis ahi sigue Jesus,ya lo viste,con el mismo aire familiar del tio Valentin y una maña para colocar lo que va quedando (de pelo digo) que ya quisiera Gaudi con sus volutas.Pasate cuando puedas,a mi me hace reencontrarme con una etapa de nuestra vida.Un beso.
[Translate]
Buenos días Sr. Ortiz, que razón tiene…………
Cuanto se hecha de menos esas reliquias que aún algunas quedan…. sin irme muy lejos, recuerdo con gran cariño, que fui medio criada por mi bisabuela ( abuela de mí padre ), la experiéncia más bonita que a una personita le pueda suceder, era la bondad en persona…. pero sin irme a las melancolias……recuerdo el barbero que teniamos en la calle donde viviamos, gordinflón, con gafas y una mala ostia…..¡ que miedo nos daba ¡ pero una gran persona, el barbero de toda la vida.
El mecanico de enfrente, que lo mismo arreglaba el coche a tú padre, que te ponía un tornillo en la bici………….. o me sacaba un clavo clavado en mí pierna ajá, ajá, ajá.
La tienda de lanas de la esquina derecha, la cual tenía un taller de costura, que divertido,con unas cortinas nos hacian los clásicos vestidos de verano con tirantes, que se nos veía todo el cul……..
Aquel bar cutre de la esquina izquierda, que olía a churrasco frito, pero…que bien olía,
y la tienda dónde te vendían unos zapatos como que te vendían un boli, como una fregona, como la barra de pan…..
Recuerdo una tienda en la misma calle, en la cual con 100 gr. de chorizo te regalaban unos vasos verdes horribles para esta época, pero los cuales me parecen los más bonitos del mundo y que aún conservo como si fueran el mayor tesoro que he recibido en mi vida….. que buenos recuerdos me traen las tardes de canicas, chapas con las caras de los jugadores del futbol de la época, la comba, la peonza, la lima, la familia viniendo a casa de mi bisabuela todos los veranos, donde nos tocaba a la mitad dormir en colchones en el suelo, y comer la famosa tortilla de patatas que mí abuela había dejado toda la noche en remojo junto con las croquetas de pollo.
Recuerdo también a ese ” gruñón ” portero del colegio, pero que lastima……… cuando nos falto nunca volvió a ser lo mismo y esos profesores con edad muy avanzada………. tantos valores, respeto y educación que nos inculcaron…….
Me alegra que recuerde usted con tanto cariño a los barberos de la época…………. mí admiración hacia ellos y el resto de personas que hicieron que hoy en día sea la persona que soy y tenga los recuerdos y valores que tengo.
Lo único que me entristece es que mi hija no pueda vivir esa época……… pero como dice mí padre los tiempos cambian ( que pena ) y tienes que amoldarte a ellos. Que suerte tienen algunos que les cueste tan poco amoldarse .
SALUDOS. De una super-fan admiradora
YRATXE RIVAS MARTIN
[Translate]
Hola Yratxe,
Cuántos recuerdos eh? Esos oficios que se van perdiendo, esos pequeños negocios que no resisten a la crisis, esos profesores que se van marchando. Tu hija lo vivirá de otra manera, bajará una aplicación de iPhone que le explicará qué era todo eso, en el ordenador podrá ver recreada una calle antigua y verá qué hay hoy construído en su lugar por Google maps. Los tiempos cambian y como decía Don Hilarión, la ciencia avanza que es una calamidad.
Cuídate mucho y sigue leyéndome!
Saludos / José D.
[Translate]